Espejo, el camino

Mientras ella blandía el papel con sus manos, Joel se tiro en la cama como cualquier persona habría hecho en su lugar, estaba destrozado, toda la noche anterior, la mañana en el portal y por si fuera poco esa mujer dando vueltas por su casa. Estaba buscando algo y no podía adivinar qué demonios era.

– No puedo creer que no tengas ni un solo espejo en tu casa.
-¿ Qué?  ¿Para qué quieres un maldito espejo ?.
– El espejo es uno de los caminos para saber que dice la nota.
– ¿Uno? Esa nota no hay manera de entenderla.
– Mira Joel, no tienes ni idea de lo que tienes en tu mano, esta nota explica algo de la foto. En mi familia nos enseñaron a leer estas señales, aunque en realidad todo eran notas ficticias, niguna era real como ésta, sé que se puede descifrar pero necesito un espejo.

Joel estiró la mano a su mesita de noche, abrió un cajon que por poco se desploma contra el suelo, metió la mano en el mismo, revolvió todo lo que había y cuando sintió una lámina fina, supo que había dado con el maldito espejo.

– Toma el puñetero espejo y déjame de una puta vez – exclamó entre cansado y colérico.
– Esto que hay en el espejo,¿ este resto blanco ?…
– Mejor no preguntes, no querías un espejo, pues ya lo tienes, asi que a lo tuyo y dejame.

Joel parecía condenado a no dormir, asi que desisitio e intento descansar en un primer termino y dormir después de que a la misteriosa mujer se le acabasen los recursos, asi que se quedó en la cama desplomado, sin hacer el más mínimo de los casos a cualquier movimiento que hiciese ella, pensó, como solo los niños lo hacen, que si no le hacía caso, se cansaría y el problema sería para otro.

La mujer cogio el espejo y colocó la nota en una posición idónea para que el reflejo pudiese ser visto, pero el espejo no le dio coherencia a la nota, había hecho tantas veces eso en casa, con tantas notas, algunas de esas notas precisaban hasta 7 espejos, para poder ser descifradas, pero ella siempre consigo hacerlo, era una de sus mayores habilidades. Es más, su extensa familia le había dado la oficialidad de “espejista”, cada uno de los “nietos” tenía una habilidad que destacaba por encima de las otras y ésta era la suya.

Tras hacer unos movimientos en el espejo que la llevaron a la desesperación, se dio por vencida.

– No consigo descifrarlo.
– Tal vez el espejo no funcione – dijo en tono sarcastico Joel.
– Es una nota distinta a todas con las que he experimentado.
– Tal vez el problema sea el espejo – dijo mientras rebotaba su cabeza contra la almohada.
– Siempre usamos espejos normales – contesto ella en tono seco y distante.
– Tal vez el problema seas tú – Joel no quería ser menos que ella.
– Desde luego, no eres tú la solución – respondió altanera.
– Mira, el espejo está bien, la nota es la que es, si no tienes ni pajolera idea de lo que haces es problema tuyo, déjame ya en paz, intento descansar, ¡intento dormir algo por dios!, ¡que sólo te falta meter el espejo en el puto papel!

Tras un tiempo en silencio debido a la reacción de Joel, ella se levantó cariacontecida y se dirigio a la puerta pausadamente, Joel no tenía la intención de disculparse pero reconoció en el mismo momento que se había equivocado, esa mujer era la única que conocía que podría ayudarle a resolver ese enigmatico mensaje, en el que él mismo estaba muy interesado, pero el día había sido muy largo y el solo quería descansar.

– Adios.
– Adios – contesto Joel.

Espera, quiso decir, pero su boca nisiquiera se entreabrio.

– Sólo te pido una cosa Joel, déjame ver la nota una vez más.

Joel cogio la nota de mala manera y se la dio como queriendo deshacerse de ella.

– Tenias razon.
– ¿En qué?.
– Tenemos que poner el espejo en la nota y no al reves.
– ¿Como?.
– No se refiere a un espejo real, si no a uno en la nota, algo tiene que hacer de espejo. En mi familia han entendido siempre mal la frase que nos hacía mirar en los espejos para descubrir notas, la frase dice asi:

” Encuentra la verdad mirando en un espejo de papel”

– Y ahora entiendo que no es necesario un espejo real, que hay un error de base, pero es que nunca habíamos encontrado una nota real, todas las haciamos nosotros, el espejo está en el papel, mira:

NO|ON KCRÉÉSZ O |OLLO| LO|OL QKUÉÉ BVÉÉSZ

1/4|4/1

– ¿Qué se repite ?, los espejos proyectan las imagenes haciendo que se repitan. Encontrando la repetición encontraremos lo que hace de espejo.
– ¿No me vas a dejar dormir nunca? – dijo Joel sonriendo.
– No – dijo ella sonrosandose.
– No se, hay muchas “O” y muchas “|” , bueno y el 1 y el 4 – dijo Joel interesandose.
– Mira, si vemos lo que se repite, siempre hay una barra en medio, que tambien se repite.
– Si. Es verdad.
– ¡ Ese es nuestro espejo?. Si las quitamos, quitamos el reflejo del espejo, que es lo que no nos deja ver la verdad de la nota. Dame un papel, por favor.
– Toma – dijó Joel cogiendo un sobre de una factura que habia en la mesita.

Ella transcribió la nota al sobre y tacho lo que reflejaba el espejo, que supuso era la barra (|).

“NO KCRÉÉSZ O |OLLO| LO QKUÉÉ BVÉÉSZ

1/4″

– Pero hay una barra que no consiguio quitar, porque no reflejaban nada.

|OLLO|

– Cuando algo tiene un espejo delante de otro se duplica la imagen – apuntó Joel.
– Eso parece lógico, la palabra esta entre dos espejos, pero cual proyecta cual, pueden ser dos silabas OL o LO.
– No lo se, la experta eres tú.
– Veamos que dos versiones tenemos.

“NO KCRÉÉSZ O LO LO QKUÉÉ BVÉÉSZ

1/4″

– No parece lógico que se repitan dos silabas tan seguidas.
– ¿ Y en todo esto que parece lógico ?.

“NO KCRÉÉSZ O OL LO QKUÉÉ BVÉÉSZ

1/4″

– Tampoco me dice nada – dijo ella sin dejar de clavar su mirada en el papel.
– Creo que no estamos haciendo algo bien.
– ¿ Por ?.
– Todas las silabas que se duplican tienen el espejo en medio, en esta el espejo esta en los lados, tu ves tú reflejo si estas frente a él, si estas entre dos espejos no ves la realidad, ves muchas imagenes tuyas, todas reales, pero un número infinito de veces.
– Quieres decir…
– Que esas silabas no son reales, estan atrapadas y no proyectan nada, estan entre dos espejos y solo se ven ellas, de manera que la frase queda asi:

“NO KCRÉÉSZ O LO QKUÉÉ BVÉÉSZ

1/4″

– Bueno, parece algo más concreto.
– Si, pero sigue siendo algo totalemente desconocido – dijo Joel.

MisifúMisifu.

En la penumbra

Sin máscara le costó reconocerla. Nunca había visto su rostro antes, salvo la sonrisa angulosa y casi transparente parapetada tras la mariposa. Sin embargo, había algo que le resultaba familiar en los ojos pequeños, claros, esmeraldas incrustadas bajo unas cejas que se abrían hasta el infinito, crueles como hojas de guadaña; algo conocido que se ocultaba en los pliegues de su memoria y se negaba a salir. Y le dolía demasiado la cabeza como para hacer el esfuerzo de recordar. Sólo quería dormir y olvidar; despertar y que la fotografía y aquel extraño código hubieran desaparecido del bolsillo de su pantalón. Con esa esperanza alimentando sus escasas fuerzas había llegado hasta su casa y al abrir la puerta se había encontrado a aquella mujer, sentada encima de su cama, espectral en la penumbra del cuarto, y a Joel no le quedaban fuerzas ni para sorprenderse.
Se miraron durante un rato muy largo, en silencio. Ella tenía un cigarrillo entre los dedos que se consumía llenando la habitación de humo y sombras.

– Apaga ese cigarrillo. Por favor.
– ¿Cómo? -estaba claro que aquello no era lo que ella esperaba.
– Me has oído. Que apagues el puto cigarro.

Visiblemente sorprendida y muy lentamente, se levantó y aplastó la colilla en un cenicero. El barroco traje de fiesta que llevaba unas horas antes había dado paso a un vestido sencillo, negro, que dejaba sus hombros a la vista y caía hasta sus rodillas, muy ligero, apenas rozando la piel.

– Y ahora lárgate de aquí.
– ¿Cómo?
– Joder. ¿Cuántas veces hay que decir las cosas? Lárgate, fuera.
– ¿Estás seguro de que quieres que me vaya? – a pesar de la sorpresa, había seguridad en su voz.

Joel la volvió a mirar. Su rostro luchaba entre el hastío y el sueño.

– Sí. Quiero que te vayas. Ahora sólo quiero dormir. Así que fuera…
– ¿Seguro? ¿No quieres saber quién soy y qué hago aquí? ¿No quieres saber por qué ha pasado todo lo que ha pasado esta noche? ¿Por qué te drogué…?
– ¡No! ¡No quiero saberlo! ¡¿Qué es lo que no entiendes, joder?! Sólo quiero dormir. Me da igual quién seas o por qué me drogaras, me da igual lo que signifique el puto papel ni quién sacó la foto. Me da igual. Estoy harto de esta noche, de ver gente rara, de leer cosas raras. Sólo quiero meterme en mi cama y olvidarme de todo. De todo.

De repente, algo cambió en ella, en su rostro. Sus cejas ya no eran dos guadañas sino dos signos de interrogación.

– ¿Papel? ¿Qué papel?

La pregunta desconcertó a Joel.

– El papel… ¿No me lo dejaste tú?
– No, Joël, yo no te dejé ningún papel. ¿Qué ponía?

Él sacó el papel de su bolsillo, lo desdobló, encendió la luz y se lo dio. Ella lo recogió con impaciencia y leyó su contenido.

– ¡Mierda!
– ¿Qué….? -ella le interrumpió con un gesto.
– Espera, Joel, dame unos minutos.

Joel suspiró impotente y esperó sentado en la cama. La cabeza le daba vueltas y su cuerpo se dejaba llevar por el tacto mullido del colchón. Una ligera modorra invadía sus músculos y comenzó a bostezar sin poder contenerse. No quería contenerse. Pero antes tenía que librarse de aquella mujer absorta en el papel.

– Llévate el folio si quieres, pero, por favor, déjame en paz.

Ella levantó por fin los ojos y le miró muy seriamente.

– Lo siento, Joel, me parece que hoy no vas a dormir.

Gatociclopeico

Gatociclopeico

El Bar

Joel removía pensativo el café que la camarera le había servido. Desde luego no era el mejor café que había probado, pero después de su aún inexplicable experiencia, era más de lo que podía esperar.

Sonó un tintineo agudo procedente de la puerta del bar. Joel seguía sumido en el mar de olas que generaba su diminuta cuchara. Una pareja, un hombre y una mujer jóvenes, entraron arrolladoramente en el local. Sus trajes destilaban signos de riqueza y poderío, y sin embargo se apreciaba que no eran trajes al uso. Iban encaramados el uno al otro, sirviéndose de apoyo mutuo para no caerse y reían descontroladamente.

La camarera, que estaba apoyada sobre la barra en un aire de glamour rancio de los años 50 y el pelo cardado, se fijó en la pareja, y no pudo reprimir quejarse: “algún día les echarán algo raro en las copas y no lo contarán…”.

Joel salió de su letargo y miró a la camarera de forma interrogativa.

  • ¿qué ha dicho?

La camarera señaló con la cabeza hacia la mesa donde se sentaron los jóvenes con aire de desaprobación. Joel siguió con la mirada la dirección que indicaba su barbilla y reparó en la pareja. Estaban claramente embriagados y podrían seguir así un buen rato. Les observó detenidamente y reparó en que había un par de máscaras sobre la mesa.

Por un momento, Joel pensó que ellos podrían darle algún tipo de explicación, pero al instante se sintió estúpido – más aún si es que eso era posible – y renunció a acercarse. Tras observarles con la curiosidad de un niño, volvió a su café. Que de tanto removerlo ya se le habían quitado las ganas de tomarlo. Soltó la cucharilla con dejadez, alargó la mano, cogió una servilleta y mientras se levantaba y se secaba las manos con ella, gesticulaba con desaprobación. Dejó un par de monedas junto a su café sin probar y se decidió a salir casi huyendo de aquel bar. Y al girarse se encontró de bruces con la joven que minutos antes había entrado en el bar. Con semblante seguro y seductor, esperaba a que él dijera algo. Con los brazos en jarras y un vestido a caballo entre vedette de lujo del Moulin Rouge y versión moderna de Catwoman, le espetó:

  • Nada es real.

Se dio la vuelta, su acompañante se levantó de su asiento y tras poner su brazo sobre los hombros de ella, salieron por donde habían entrado.

Joel no supo reaccionar.

Calíope

Café

La mañana cobraba vida, el astro rey subía cada vez un poco más e inundaba la ciudad brindándole el color que el manto nocturno que la cubría hasta ahora le había arrebatado, el frío reinaba todopoderoso ante la ausencia de ningun rival digno, aunque algunos tímidos rayos de sol comenzaban a ser un pequeño ejército a tener en cuenta. Ese mismo destello de luz que empezaba a llenarlo todo de vida hizo que Joel cobrará de nuevo el pulso, el pulso que lo llevó la noche pasada a esa enorme mansión a esa descomunal celebración, aunque un pulso más adecuado a ese momento del día y no al incesante río de emociones de la noche anterior.

Su cuerpo parecía una extensión más de hormigón, una prolongación de ese portal frío e inerte, ausente de vida al igual que él, una figura decorativa más, como las gárgolas, fuente de tantas leyendas y víctima de tantas maldiciones enterradas en piedra, que se podían aún ver en los edificios más viejos del antiguo continente. Pudo cobrar vida y separar lentamente la mano del suelo de aquel portal, deslizó poco a poco la espalda como si formase parte de ese frío e inerte muro, como si de un derrumbamiento se tratase, consiguió que la poca fuerza que le quedaba en las piernas levantaran su cuerpo, su pesado y castigado cuerpo, cada vez más vivo, pero más plomizo a la vez. Una vez de pie, se subió la chaqueta para cubrir su cuello, como en las peliculas en blanco y negro, en esas en las que el malo no permite que se le vea la cara hasta el final de la misma, gracias en parte a trucos como ése. Hasta ahora no lo había notado pero al respirar profundamente, el aire frío conseguía que su garganta fuera un torrente de dolor, un río de hielo por el cual el único pasajero que tenía billete asegurado era el sabor de su propia sangre, ese amargo trago le hizo pensar en un merecido café, que tal vez le devolviera la vida.

Bajó los pocos escalones que le separaban de la calle y mientras lo hacía con una pasmosa lentitud, miró la fotografía que tanto le había llamado la atención, aquella desconcertante imagen, no recordaba esa situación y no sería nada extraño de no ser porque el fotografiado era el mismo, pero no recordaba haber estado alli, ese paraje le era totalmente desconocido y seguramente de haber estado allí, jamas lo habría olvidado, no recordaba esa cara sonriente, esa cara de felicidad no la habría olvidado ni en sus últimos años, no recordaba la sensación de haber vivido aquel magnífico momento que sugería esa estampa y no recordaba quién, ni cuándo ni dónde, había hecho esa foto.

Buscaba un punto de referencia en la calle que le indicara hacia donde ir, era como un grumete en el mar, perdido sin saber leer las señas que te hacen sobrevivir, para encontrar ese bendito cafe. Mientras pensaba dónde disfrutar de ese líquido divino, que hiciera que su garganta volviera a tener un atiso de sensibilidad. Tal vez la cafeína hiciera que su cabeza se pusiera a funcionar y consiguiera recordar; la foto, a la chica que la perdió y qué significaba aquella nota.

Metió su fría mano en el bolsillo de la chaqueta, el bolsillo gélido también, cobijaba la misteriosa nota, poco a poco la sacó, no era la primera vez que la veía esa mañana, pensó que la noche anterior al leerla se le escapaba algún concepto, que bien el alcohol o cualquier otra sustancia cegaba su capacidad de comprensión, conforme avanzaba por la calle la desplegó y con los ojos más abiertos que su estado podía permitir, la miraba una y otra vez, palabras del todo incomprensibles, al menos para él.

La nota rezaba asi:

” NO|ON KCRÉÉSZ O |OLLO| LO|OL QKUÉÉ BVÉÉSZ

1/4|4/1″

Por más vueltas que le daba, todo lo que la noche anterior sucedió no era más que la antesala del misterio que se presentaba ante él y que intentaría resolver, pero no sin antes comenzar con una buena costumbre.

– Señorita, un cafe solo, por favor.

MisifúMisifu.

Amanece

El cielo era de un azul pálido veteado por nubes que parecían congeladas, sin vida. Los edificios se recortaban como si fueran el decorado de una obra de teatro, planos, sin matices, aunque el sol matinal comenzaba a crear sombras aquí y allá, en chimeneas, balcones y puertas. Las calles estaban vacías, silenciosas, aunque flotaba en el ambiente la sensación de que en cualquier momento algo podía romper esa quietud y que, de pronto, la ciudad volvería a poner en marcha su bulliciosa rutina.
Joel estaba sentado en los escalones de un portal, a resguardo de la incipiente luz, que atravesaba sus pupilas y se clavaba en su cerebro aumentando su dolor de cabeza. Había tenido que dejar el abrigo en la mansión y el frío le mordía la piel por debajo del traje de lino aunque su cuerpo, entumecido y dolorido, no parecía reaccionar. La noche en vela, el alcohol, el veneno, o lo que fuera que ella había puesta en la copa de champán, y la larga marcha desde la casa hasta el escalón le habían convertido en un fardo que alguien hubiera dejado caer sin preocuparse de dónde o cómo caía. Un bulto deshecho, con una jaqueca feroz y los ojos clavados en algún punto entre el desorden de su cabeza y la austera y estable pared del otro lado de la calle.

– Se deja algo, había dicho la voz.

Y a él, al principio, le había costado reaccionar porque no recordaba haber traído nada más aparte de lo que llevaba puesto. El gnomo con sobrepeso había encendido una vela y su repentina luz reforzaba ese aspecto de duende, de criatura sobrenatural, a pesar de que ahora podía ver el rostro de mujer, los dos pechos enormes y apretados bajo el vestido negro de sirvienta que convertía el resto del cuerpo en un apretado embutido. La mujer avanzó con pasos cortos y casi jadeando y, cuando llegó hasta él, alargó un brazo rechoncho que, sin transición, acababa en una mano pequeña que se crispaba con esfuerzo alrededor de un papel blanco. Ese papel blanco, doblado cuidadosamente, era lo que Joel debía haber olvidado a pesar de que él estaba seguro de que no era ni había sido nunca suyo.
Lo cogió y lo miró durante unos instantes, mientras la mujer le miraba a él, con el gesto expectante de quien espera asistir a un prodigio, pero su mueca pronto se transformó en decepción cuando él guardó el papel. Luego Joel comenzó a andar hacia la puerta sin hacer caso de la mujer, con un ligero tambaleo. Cuando llegó a la leve línea de luz que llegaba del gran salón, se paró y, lentamente, apoyándose en el pomo, se giró.

– Necesito salir de aquí… Pero por otro lado – pidió.

La mujer (que a Joel le seguía pareciendo un gnomo con demasiado pecho) sonrió. Con el aplomo de quien está acostumbrado a recibir todo tipo de peticiones, asintió; sin apenas abrir la boca dijo un escueto y autoritario “sígame”, y Joel obedeció. Primero, atravesaron una puerta oculta tras un tapiz donde dos ejércitos medievales de hilo de seda luchaban con ferocidad; después, recorrieron un largo pasillo a oscuras y en silencio, los pasos resonando en la piedra y en su cabeza; al final, sintió el aire fresco y la humedad de un rocío temprano, sintió la hierba bajo sus zapatos y, más allá de la frágil oscuridad que le rodeaba, intuyó un jardín cuyas formas geométricas comenzaban a esbozarse poco a poco.
Luego, la mujer se fue sin que él tuviera tiempo de decir “gracias” y él comenzó a caminar. Atravesó el jardín y luego la ciudad, y, casi sin darse cuenta, cuando el sol comenzaba a dar forma a todo, acabó en el escalón del portal, mirando fijamente la sólida pared del edificio del otro lado de la calle mientras su cabeza luchaba contra el cansancio, el sueño, y los efectos del alcohol y de una noche que le parecía irreal.
Hasta que se acordó: el papel. Cuidadosamente doblado y dolorosamente real.

gatociclopeico.

Sombra

Al ver esa fotografía se giró y con la misma “facilidad” que tuvó para llegar a la puerta, se puso junto a ella, no sin antes encajarla un poco más, solo dejó el finisimo río de luz que desembocaba en la foto.

Trató de agacharse sin que sus huesos toparan con el suelo, no alcanzaba a ver qué o de quién era esa fotografía, la primera vez que intentó cogerla no pudo, al agachar la cabeza todo empezó a darle vueltas y más vueltas, por un momento su cuerpo se precipitó contra el suelo, pero en un hábil y primitivo movimiento, colocó sus manos en el suelo, formando una especie de triángulo con su cuerpo, efectivo a la hora de evitar la caida, pero del todo innecesario, pues aumentaba más aún su jaqueca.

Pudo ponerse de pie, no sin antes haber intentado sin éxito coger la foto, cada vez que levantaba una de sus manos para recogerla, la otra se sobrecargaba con su propio peso y el triángulo perdía toda su consistencia geométrica. Disimuladamente, miró a su alrededor, aunque en un principio no fue tarea fácil, ya que, aunque el vertigo desaparecía y no sentía ese hormigueo, un movimiento más allá de lo sumamente lento, ponía de nuevo toda su integridad en peligro. No había nadie que hubiera podido verlo, eso era una ventaja, puesto que no sabría explicar qué estaba haciendo allí, ni podría ser convincente para no lenvantar sospecha, sobre la existencia de aquella imagen y su interés en la misma.

Alguien tocó en una de las puertas que había en la habitación, estaba tras él, el ruido de las llaves tintineo en su cabeza, la cual estaba pensando una excusa para justificar su presencia en aquella habitación, alejada de todo el glamour, toda la elegancia y toda la exuberancia que se respiraba en aquella majestuosa sala principal, que, recordó, lo había desterrado por el trato esquivo, clasista y anónimo.

La puerta se abrió sin reparos y tras ella apareció un cuerpo pequeño y sin agilidad, como si de un pequeño gnomo sobrepasado de peso se tratase, una voz entre femenina y grave se dirigió a él:

– ¡ Cómo me lo ha puesto todo !

Él, soberbio en su actuación, bajó un poco la cabeza y sonrió, no sabía qué contestar ni qué hacer y esperó que ese no fuese el primer paso que le llevara a cualquier tipo de situación incontrolable, como ya había vivido otras veces.

– ¡ Las copas por el suelo, todo manchado y tirado !

La sombra se agachó el hilo de luz solo le permitió ver un patalón azul, la oscuridad que inundaba la habitación, solo dejaba ver dos cosas claras, la fotografía y el tono de reproche de aquella pequeña sombra.

– Recoja su antifaz y váyase, por favor y disculpe si le he levantado la voz, no se lo diga a la señora.

Comentó la sombra con voz queda, esta vez con un sonido más femenino, sabiendo que esa actitud tal vez podría serle reprendida. Él se giró, sabiéndose “salvado” de una reprimenda mayor, ya que aún no sabía qué estaba haciendo alli, es más ni siquiera sabía dónde estaba y cómo consiguió entrar.

Se alejó intentando no tambalearse más de lo que se pudiera considerar normal y puso rumbo a la jungla de joyas y estilismo que se encontraba tras la puerta. La abrió inundando de nuevo cuatro de sus sentidos y caminó sin mirar atras. Justo cuando se disponía a salir una voz que salía de la habitación lo llamó, tenía algo más que decir.

misifú

La Luz

Oía esa música. Una nota detrás de otra y poco a poco fue reconociéndola, aunque no habría sabido decir por qué. Trató de abrir los ojos y se dio cuenta de que no podía ver. Parpadeó y supo que era la habitación, que estaba a oscuras. Pero la música sonaba y había ruido de gente fuera, así que sabía que no estaba todo a oscuras. Sólo aquella habitación.

Poco a poco sintió un hormigueo subir desde las plantas de los pies hasta la cadera. Le entró un escalofrío y se percató de que estaba tumbado. Con la mano derecha palpó el suelo y dedujo que sería de mármol. Muy frío y casi diría que pulido recientemente. Con la mano izquierda se palpó el pecho y luego la cara. Lo único extraño que notó fue una máscara en la cara. ¿De qué era?. Daba igual, tenía que levantarse y… un momento, ¿dónde estaba?. Se recostó sobre uno de sus lados y trató de levantarse. Estaba mareado y no podía ver.  Buscó con las manos mientras trataba de levantarse: una pata de un mueble, diría que era un sofá forrado de una tela muy suave, raso quizá. Una mesa de madera y un objeto. Parecía cristal y habría jurado que se trataba de una copa. “Una copa…” resonó en su cabeza y se inquietó sin saber muy bien por qué, mientras fuera la música se hacía interminable y las voces de la gente resonaban con más fuerza que al principio. Palpó de nuevo: otra copa. Trató de pensar: dos copas, una habitación a oscuras, una máscara y demasiado ruido fuera. Se esforzó mientras se apoyaba en la mesa para no caerse pero nada, no era capaz de recordar. La cabeza le volvía a jugar malas pasadas y la maldita jaqueca aparecía de nuevo.

Intentó cruzar la habitación y buscar una puerta. Si había tanta gente fuera alguien sabría decirle dónde estaba y si habían visto salir a alguien de la habitación. Movió la cabeza en todas direcciones buscando una rendija de luz hacia la que dirigirse, y le costó más de lo esperado. Debía de ser una habitación bastante grande. De repente un olor intenso le invadió el cuerpo y sintió ganas de tumbarse de nuevo. Era un olor cálido y floral. Era el perfume más embriagador que había olido jamás, sin embargo le resultaba familiar. Se repuso de la fragancia y al levantar la cabeza la encontró. Allí estaba la puerta, sólo tenía que ir hacia ella y procurar no tropezarse por el camino – algo que se le antojaba complicado -. Con los brazos a media altura y con pasos cortos fue caminando mientras notaba que los sonidos se acercaban y la luz de debajo de la puerta también. Se animó y avanzó con más ímpetu hasta que chocó con lo que debía ser una puerta. Sabía que era una puerta porque el pomo se le había clavado en un lugar demasiado doloroso – especialmente en esas condiciones – . “Una puerta un poco baja” pensó entre gruñidos. Respiró un instante, se recompuso y empuñó el pomo.

Al abrir la puerta de la habitación, la luz invadió la estancia de golpe  y no pudo evitar cerrar los ojos. Volvió la cabeza instintivamente y dejó que sus ojos siguieran el hilo de luz que se dibujaba en el suelo, adentrándose en la habitación a oscuras. Y allí, en el suelo, donde presumiblemente había estado tumbado, había una fotografía.

caliope  Calíope.


Cuatrogatos

Cuatro Gatos es una iniciativa de un puñado de gente con una cosa en común: nos gusta escribir. Puede que no tengamos nada mas en común, y en eso radica el sabor de cuatrogatos, en moldear y dar forma a toda clase de temas desde puntos de vista muy diferentes.

Normas

La única norma de Cuatro Gatos es que una vez propuesto un tema o estilo, cada relato debe ir relacionado de algún modo con el escrito anteriormente. Los relatos que vayamos escribiendo se irán catalogando dentro de la historia a la que pertenezcan, justo debajo de este texto. Ya estamos en la segunda: ¡Mascarada!

Nuestras historias