Intro Misifu
La verdad no sé muy bien por donde ó como empezar, es debido a mi falta de práctica,que sepaís perdonar y que espero que vayaís viendo con el tiempo, me explico, esta idea nació de un grupo de personas que por un motivo u otro tiene la “manía” de escribir, de una manera u otra, de una manera distinta, con distintos puntos de vista, sin pretender inculcar ningún tipo ni ideas, sin intentar convencer a nadíe que manera de pensar es la correcta, ni que es mejor o peor, simple y llanamente escribimos, por desahogarnos, por dar a conocer nuestras inquietudes, alguna que otra vez por compartir nuestros problemas, o nuestras soluciones (si es que sabemos solucionar algo), algunos por obligación, otros por placer, a veces por no ahogarnos en el mundano mundo de la desesperación que es la televisión , algunos por no soportar la incompetencia de las normas y de los que las crean, otros por dejar liberar todo lo que su imaginación es capaz de generar, otros por el reto que significa plasmar cada emoción que vive, algunos por criticar, otros para razonar, a veces para explicar por que hacemos las cosas, otras por el placer de hablar con los amigos en este pseudo-papel, pero todos por necesidad.
Otra cosa es nuestra constancía, pues en este mundo, el tiempo es el que nos dice que podemos ó no podemos hacer, porque a veces necesitariamos más de 24 horas para hacer todo lo que tenemos que hacer y todo lo que queremos hacer, en la era en la que vivimos, donde todo tiene un momento, quisimos aunar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestras ganas por crear, para que fuese más facíl poder hacer participes a más personas, que todos pusieramos un poco para poder crear algo de lo que pudieramos hacer participe a cualquier persona que quisiese decir algo.
En definitiva, no somos los mejores, nos somos muchos, no tenemos un metodo infalible para hacer que las cosas funciones, no tenemos una formación específica para estas lides, es más uno de nosotros es dislexico (si soy yo), no sabemos de estructuras, ni de ritmo, ni de métrica, no somos poetas, aunque alguno lo parezca, no tenemos el secreto y si lo tenemos no me lo han contado, carecemos de infraestructura, incluso alguno desconoce el significado de esa palabra (si soy yo otra vez); pero tenemos otras actitudes, tenemos esperanza de que esto funcione aunque tarde, tenemos un enlace común que ha hecho que esto sea posible, queremos ser a su vez como ese enlace a todo el que asi lo deseé, tenemos a un dislexico, tenemos ganas y estilo, no sabemos si bueno ó malo, si mejor ó peor, pero nuestro.Sin más que decir y con la esperanza de no molestaros con esta introducción, os dejo con lo que esperamos que sea el principio de algo de lo que os sintais orgullosos ó al menos que sea algo nuestro, algo vuestro.
Intro Chihiro
La primera vez que monté en bici, mi padre me dijo que fijara la vista en un punto, así no miraría el suelo y no perdería el equilibrio. Como estábamos en un descampado, era difícil no fijarse en un punto que no estuviera en el suelo, así que busqué un poco más cerca y me quede mirando fijamente el pomo de la puerta del garaje de la última casa adosada que por entonces había en ese lugar. Empecé a pedalear, y mi padre me ayudo durante unos metros, entonces me soltó, y yo con la vista fija en es pomo me sentí coordinada conmigo misma, ya que después de meses no me caía por primera vez en bici y por fin era capaz de hacerlo yo sola. Mi felicidad, efímera ahora por entonces era exactamente igual, se vio interrumpida por el dueño del garaje que desde dentro abrió la puerta. Mis inocentes ojos no dejaron de mirar es pomo que se perdía en la doblez de la persiana, propinándome así una gran hostia, ya que esta superaba en velocidad a las demás. Siempre le he tenido miedo al ir en bici, y en cambio no le guardo rencor a los pomos de las puertas de los garajes. ¿Qué porque he decidido empezar con este pequeño trauma infantil? Pues porque hace tanto que no escribo, que no se si me acordare de cómo se hace. Igual es como el montar en bici, que nunca se olvida. O debe ser que ya es hora de mirar hacia otro punto fijo, y pedalear hacia otros sitios….seguro que lo que vemos no nos decepciona.
Intro Gatociclopeico
No tiene ni idea de qué escribir. Ni idea. Bueno, sí, sí que tiene alguna, pero en cuanto llegan las desecha como quien desecha tomates en un supermercado: una es poco original, otra simplemente mala, aquella demasiado estrambótica; ninguna idea que merezca la pena plasmar en papel y sólo quedan dos días para que acabe el plazo que se ha impuesto a si mismo. Dos días para entregar unas pocas líneas, apenas media carilla de folio, pero el escaso tamaño de la tarea no hace sino aumentar su desgana. Siempre hay una excusa, un algo que le impide sentarse delante del portátil, en la silla negra de Ikea. Más allá del ventanal que ilumina el salón, un paisaje gris de tejados y nubes que se confunden se ofrece a su mirada distraída. Sin embargo, ha decidido que por una vez cumplirá el plazo, aunque sabe que no es la primera vez que pierde contra si mismo. Es más, sabe que lo más fácil es perder contra Uno Mismo. Uno Mismo tiene una voz seductora, que te atrapa y te envuelve, cálida y adictiva. En el mundo de Uno Mismo los plazos no existen y los sofás son mullidos paraísos. Uno Mismo tiene cuernos y una cola roja asomando bajo la camiseta.
Así que ahora está sentado en la silla negra, y una luz de atardecer cae mansamente sobre su ordenador, a través del ventanal, y sobre los tejados grises. Tamborilea con los dedos sobre la mesa blanca (también de Ikea) mientras mira la hoja aun más blanca, inmaculada, del procesador de textos. Nada. Su mente es agua hirviendo: las ideas estallan como pompas de líquido bullente. Paf. Paf. Y escapan.
Impaciente, se levanta y se acerca a la cocina. De la pequeña nevera saca un tetra-brik de leche (semi-desnatada); de la despensa, un paquete de cereales (de chocolate) y, del armario, un cuenco (amarillo, de Ikea). Luego se vuelve a sentar en la silla y deja caer indolentemente los cereales y la leche en el cuenco amarillo. Ha olvidado la cuchara. Se levanta, y no puede disimular cierto nerviosismo al coger el cubierto del cajón. Come los cereales sin dejar de mirar la pantalla. De vez en cuando suelta la cuchara y el cuenco y escribe algunas líneas. Enseguida presiona la tecla suprimir, con vehemencia, casi con rabia, y la página vuelve a estar inmaculada. Poco después en el bol de cereales no queda más que un fondo de leche ensuciada de chocolate.
De pronto, su mirada ha cambiado, ahora está fija en la pantalla y casi no parpadea. Su espalda está recta, enhiesta. Las manos, crispadas sobre el teclado como atletas en la línea de salida. Con la cabeza, hace un gesto de afirmación, como para infundirse valor. Luego, comienza a teclear:
“No tiene ni idea de qué escribir. Ni idea. Bueno, sí, sí que…”
Intro GatoPardo
Extrañamente lo primero que notó y que le hizo abrir los ojos fue la aspereza en su muñeca derecha. Intentó moverse mientras se desperezaba, pero la falta de esa movilidad le terminó de despertar de golpe como lo hubiese hecho una bofetada.
Cadenas. Unas rodeándole, abrazándole, otras mirándole sin tocarle, y todas surgiendo desde todos los ángulos desde los que alcanzaba su vista. No sabía el dónde, el cómo ni el cuándo, lo único que sabía era que sus sentidos rebosaban óxido desde el sonido que debía parecerse a un tintineo y se asemejaba al roce de una espátula, hasta la textura de lija que hería y magullaba su cuerpo. Todo era óxido y herrumbre, pero aun en la situación en la que se encontraba, no sentía miedo. Una ligera idea de dónde podían venir las cadenas cruzaba por su mente, diciéndole a su vez lo que debía hacer para librarse de ellas. Concentrándose mucho llamaría al Dragón Xhuolytrts’harxtre. Él vendría con su magia y con las maravillosas ganzúas que pertenecieron al emperador del trueno, y le sacaría de allí. O si él no pudiese hacerlo, invocaría al gran barco volador de Hortiplonia con sus diez mil tripulantes que nunca duermen, y una a una frotarían las cadenas con sus turbantes hasta hacerlas desaparecer. O mejor podría pedirle a los tritones de Lakirea que cantasen en un tono que deshiciese todo el metal, el problema era que eran muy dados a hacer lo que les venía en gana, y la mayoría del tiempo lo que les venía en gana era llorar y contarle sus problemas, y eso no le ayudaría mucho. Aunque a veces tenían historias interesantes que contar, sobre intrigas, política, desamores…
Durante mucho tiempo estuvo pensando sobre a quién pedirle ayuda, y en ello seguía cuando un tintineo le sacó de su ensimismamiento. El óxido estaba desapareciendo, cambiando el tono parduzco y carmesí por un brillo metálico que poco a poco luchaba por llenarlo todo. Éste y otro brillo distinto mostraba en sus ojos mientras seguía imaginando, soñando, fantaseando y evocando una ayuda que aparecería por arte de magia, por ello no reparó en varios puntos brillantes que le observaban desde la distancia y que cualquiera con algo de imaginación habría asemejado a tres gatos sonriendo…